Quién es Sócrates, biografia, historia, resumen

En las clases de filosofía de la escuela se lo escucha, se sabe que fue alguien importante; pero no mucho más. Se recuerda que iba de un lado a otro, como un pájaro itinerante haciéndole entender a las personas lo ignorantes que eran y que murió, irremediablemente, frente al llanto de sus seres queridos y la cicuta malvada. Sin embargo, Sócrates fue algo más importante: una invención, la de Platón, el padre de esta magna ciencia como la conocemos. Te contaremos aquí todo como siempre. ¡No te pierdas la nota!

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Se dice que vivió en el siglo V antes de Cristo, años de grandeza para Grecia y Atenas, principalmente. Que su padre era Sofronisco y su esposa era la noble Jantipa, con la que se llevaba muy mal. Sin embargo, lo curioso es su existencia. No se duda de que haya vivido en estos rincones del planeta un ser llamado Sócrates, sino que todo lo que llegó de él fue gracias al inexorable tamiz de su alumno más conspicuo, Platón. Algunos estudiosos dicen que el viejo maestro nunca existió; otros que sí, pero que de alguna manera su filosofía se fue extinguiendo con el progresar intelectual de su discípulo. Seguramente haya mucho de la filosofía de Sócrates en Platón, pero el hecho de que hable el primero, ya que no dejó nada escrito, sólo por el segundo da lugar a enormes suspicacias.

Lo que sabemos de Sócrates se lo debemos a Plutarco, en forma accesoria; a Jenofonte, con diálogos; pero sobre todo a partir de Platón, por su magna obra. De hecho nuestro Sócrates es el de este último. Y a partir de eso conocemos la vida de un hombre, con cierto nivel económico (tenía minas de plata), que vivió para su ciudad, que batalló por ella con pasión; en definitiva, el modelo de ciudadano. Sin embargo, hubo algo que no cayó bien, algo que lo distinguía de los demás: Sócrates tenía que averiguar si era cierto lo que decía el oráculo de Delfos, que él era el hombre más sabio del mundo.

De esa manera, el buen hombre se convirtió en un pájaro itinerante que, no muy feliz en su nido, fue al de otros para comprobar su grado de ignorancia. El resultado fue terrible, catastrófico: no sólo todas las personas con las que se topaba eran ignorantes, sino que peligrosamente pensaban que no. No hay nada más negativo que pensar que se sabe cuando no. Descubrió así el buen hijo de Sofronisco que hasta un simple carpintero sabía hacer una mesa; pero no entendía ni un comino de los fundamentos básicos de su ciencia. Y así en todos lados. Con su mayéutica poderosa Sócrates les hizo sentir a muchos su estado de miseria. Algunos lo agradecían, de ahí que tuviera muchos seguidores y amigos; muchos, en cambio, adquirieron un gran odio por el sagaz sabio. Tenemos el caso de Aristófanes y su obra Las Nubes, que pintaba al filósofo como un simple embaucador, que hacía dinero a partir de sus sofismas y corrompía jóvenes.

Ante una tesitura de esta naturaleza el final era un tanto obvio. Sócrates nunca iba a dejar de hacer lo que realizaba, ya que era, según él, una tarea encomendada por Apolo; pero muchos individuos no lo permitirían. Anito, Meleto y Licón fueron los que tomaron la posta en el juicio, con los cargos que le atribuyeron. Lo sensacional, observado en una obra suculenta y eximia como la Defensa de Sócrates, es que el filósofo de unos 70 años por entonces rebate cada uno de los argumentos de los hombres. El maestro de Platón no era un sofista, no vendía pescado podrido pensando que la verdad era algo tan maleable como la arcilla, haciendo al argumento débil en fuerte y soslayando todo conato de objetividad. No, mil veces no. Fue un pensador que literalmente llevó la moral a un estadio que nunca nadie alcanzó. Otro dialogo llamado Critón, muestra como teniendo la posibilidad de escapar él se queda a cumplir la sentencia. Es que para el buen Sócrates vivir de esa manera, a partir de la ilegalidad, era no vivir, era hacer caso omiso a todo el esfuerzo efectuado por tantos años, además de una vil impiedad.

En esa época, los fallos eran multitudinarios y podían estar bastante divididos. En el caso éste, 281 votos se inclinaron por su culpabilidad; mientras que 220 por su inocencia. En la segunda parte del proceso los acusadores solicitaron la pena de muerte y Sócrates propuso, luego de un hilarante exabrupto, la multa de 30 de sus minas. Sí, en esa época el acusado podía recomendar una pena para sí mismo. El resultado, sin embargo, fue fenecer por acción de la cicuta, rodeado de amigos que no comprendían su parsimonia, que lloraban y se despedían de un ser entrañable. Morir por ideas y quedar en la posteridad por siempre. Todo menos una vida sofística.

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